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Museo Jacobo Urso

Club Atlético San Lorenzo de Almagro

Ubicación:  Acceso a Platea  Norte del estadio Pedro Bidegain
SITIO OFICIAL - 14 Años junto al Ciclón

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# NOTICIERO SANTO

 

 

El día en que un Pastor embrujo a los Cuervos

 

A continuación te iremos mostrando la obra VEINTE RELATOS CUERVOS, alegrías y tristezas de vivir una pasión, del escritor Sebastián Giménez. Ahora te mostramos el sexto relato...

 
Por Alberto Barja
abarja@ciudad.com.ar

@MuseoSanLorenzo

Publicado el 08-11-2018

 
 

INGRESA Y HACE EL PEDIDO

 

 

 

Ya casi despuntaba la primavera en el inicio del Apertura 1991, que arrancó el 10 de septiembre. Y ese día lo confirmaba más que nunca, con el sol que acariciaba la ciudad de Buenos Aires en una tarde hermosa. San Lorenzo recibía a Talleres y en esos años era bastante difícil verlo ganar en la primera fecha.

En lo de mis viejos, teníamos un evento que no recuerdo muy bien, algún cumpleaños de un familiar o un vecino, una comunión, vaya uno a saber. Entonces, tenía prendida la portátil, que transmitía las novedades del estadio de Ferro en la voz de Gustavo Cima, relator en ese momento del Equipo Desafío y los comentarios de Julio Axel.

San Lorenzo se puso uno a cero con gol de Leani. Di el grito contenido, en medio del evento que me obligaba a ser discreto. Mientras todos departían hablando y picando sándwiches de miga y otras cosas que había preparado mamá, yo estaba siempre husmeando la portátil. Que una vez se tenía que dar, arrancar arriba el torneo. Hacia el final del primer tiempo, la radio transmitía otras buenas noticias. El árbitro había expulsado en una gresca a tres hombres de Talleres. Ahí el viejo se me arrimó.

-Cuando termine acá, en un ratito nos vamos a ver el segundo tiempo, la goleada – me susurró mientras juntaba algunas servilletas de papel que se habían acumulado en la mesa. Los dos miramos a mamá, que dio su mirada aprobatoria para que nos fuéramos con el viejo.

Entonces, emprender la retirada. Bajar a todo trapo las escaleras, correr por Quito para agarrar el colectivo 2, que justo en ese momento pasaba.

-Hasta Primera Junta – le dijo mi viejo al chofer.

El chofer tiró del rollo de los boletos y los cortó haciendo palanca con el otro dedo, mientras con la otra mano le cobraba al viejo. Todas esas cosas que ya no existen por las máquinas y la Sube.

-Menos mal que pudimos zafar. Nos queda el segundo tiempo – me dijo el viejo mientras nos sentábamos en un par de asientos del colectivo casi vacío.

Íbamos escuchando la radio, partido en el entretiempo, en brevísimos instantes estaba por reanudarse. Yo goleadas de San Lorenzo no recordaba tantas, el 4 a 0 a Boca en la final de la liguilla con los golazos del Beto Acosta.

El viaje fue un suspiro, como nuestra ansiedad. Llegamos a Primera Junta y bajamos de un salto del colectivo. Tomamos Martín de Gainza, que desemboca en la cancha de Ferro, donde hacíamos de local. En el segundo tiempo liberan la entrada, me había comentado el viejo que había escuchado. Y así fue, pasamos directo a la tribuna azulgrana sin casi ningún cacheo, cuando corrían los primeros instantes de la segunda etapa. Nos ubicamos detrás del arco de San Lorenzo y el partido lo mirábamos de lejos, que se jugaba todo allá, en el terreno del equipo visitante.

Que el paraguayo Ruiz Díaz, guardameta santo, se aburría, como en esos picados desparejos en que los compañeros se van cambiando en el arco porque los rivales no pueden ni patear. Atajá un rato vos, atajo un rato yo, y así. Acá sólo el profesionalismo impedía que los zagueros de San Lorenzo se intercambiaran los roles con el arquero.

Todas nuestras dudas se limitaban a saber cuántos goles más les íbamos a hacer al alicaído y disminuido equipo visitante. Once contra ocho, de local. El partido seguía uno a cero y las situaciones se sucedían frente al arco de Talleres, haciendo revolcar al guardameta cordobés. Que el segundo iba a llegar en cualquier momento, y el tercero, y el cuarto. Y ver a todos desde lo más alto el fin de semana, y comprar la revista Solo Fútbol o mirar el Clarín deportivo con el ciclón bien arriba de todos. Aunque fuera efímero o durara una semana, la

alegría de ese lunes no te la sacaba nadie. Era ir a buscar el canillita y pedirle el diario o la revista para saborear lo que ya sabías, lo que viste en la cancha y nadie te puede contar mejor que vos pero que se veía reforzado por la mirada de periodistas que supuestamente sabían de fútbol.

El equipo cordobés no podía ni aguantar la pelota, se limitaban a reventarla, a hacer que la agonía pasara lo más rápido posible. Evitar la goleada para reponerse en el próximo partido. La gresca antes de terminar el primer tiempo los hacía pensar en una derrota lo más económica posible.

Y San Lorenzo que iba, y la superioridad era tanta que los azulgranas podían trasladar la pelota en ataque casi sin oposición hasta el área rival, donde se erguía la única barrera de jugadores visitantes dispuestos a evitar el gol. Que eran remates contra el frontón casi. Que si hubieran podido poner el micro, sin dudas lo habrían hecho. Pero ¿qué otra cosa podían hacer? De visitante y con tres menos. Mirar el reloj y esperar que pasara la pesadilla. ¿Para qué seguir revoleando patadas o provocar amontonamientos? Que había que rearmar el equipo para la próxima fecha. Que esto seguía. Que son diecinueve fechas, campeonato corto.

San Lorenzo se floreaba, tocaba y los Uhhh se sucedían en el arco rival, allá un poco lejos. Con el viejo habíamos podido subir nueve escalones en la tribuna, tanta gente había, y quedamos a la altura de Ruiz Díaz. La perspectiva a veces te engañaba en esa vista lejana y horizontal de los ataques santos, que te impedía distinguir quién llegaba primero. Que pensabas se va, llega antes, pero no, siempre pasaba algo, que el arquero, que el defensor, que se le fue larga. Que esto, que aquello.

Entonces, un zaguero del equipo cordobés, sobre la izquierda de su defensa, sacó un pelotazo largo, medio llovido. Esas pelotas anunciadas, fáciles para cualquier defensa porque no traía la sorpresa y el desequilibrio de un centro atrás. Venía en el aire la pelota. Saltó

Ballarino, zaguero azulgrana, en el borde del área grande. Como no queriendo la cosa, saltó también el nueve de ellos, el pastor Bebilaqua. No sé por qué le decían Pastor viejo, pero alguna brujería hizo ese día. Porque estaba solo contra el mundo ahí, recibiendo un pelotazo a la bartola de un compañero que no había querido pensar en él sino que la había sencillamente rechazado hacia donde él estaba. Algo tenía ese hombre, déjenme de joder. Porque saltó más que lo normal y cabeceó un poco afuera del área grande. Todos pensamos pelota del arquero, que lo teníamos ahí, a diez metros. Bombeada pero parecía fácil. Lo que no vimos era que venía demasiado alta describiendo una emboquillada. El paraguayo Ruiz Díaz quedó petrificado cuando descubrió que cualquier esfuerzo que hiciera era inútil para alcanzarla. La pelota entró al arco besando la red suavemente, casi como una provocación, como un goce ante la desazón de los que la vimos ingresar ahí, a unos metros. Y la puta que lo parió. Gol de Talleres.

-¡Qué golazo! – me dijo el viejo, como rindiéndose ante la evidencia. Como esos observadores imparciales que admiran la destreza deportiva, más allá de sus sentimientos o deseos.

Once contra ocho, dejame de joder. No puede ser, le dije al viejo. Y la gente que se levantó luego del sacudón, a apoyar al equipo.

"Que esta tarde /cueste lo que cueste/ que esta tarde tenemos que ganar".

El equipo se nubló. Tenía el mismo tiempo que antes cada jugador para trasladar la pelota. Pero la jugada no salía. Cada hombre del Ciclón veía surgir dentro de sí un defensor. No parecían ya once contra ocho. Sino once contra quince. Era de esos partidos donde el fútbol se convierte en una gigantesca sesión de psicología, de profecías autocumplidas, de negación, de miedo al ridículo.

El aliento seguía bajando de la tribuna. Los minutos se escurrían, que el tiempo pasaba demasiado rápido a veces. Y un San Lorenzo apurado y confundido, víctima de ese shock del gol imposible de un Pastor.

Y el "Vamos Ciclón vamos / ponga huevos que ganamos". Pero era de esos partidos que no alcanzaban los huevos, solamente. Que hay que estar tocados por la varita mágica de los distintos, de esos tipos que pueden abstraerse de lo que todos piensan y sienten y hacer la diferencia sólo porque no se dejaron llevar por el destino. Una gambeta al destino había que hacer, sólo eso. Que no podía ser que empatáramos ese partido. Que era imposible, viejo. Pero ahora lo imposible era ganarlo. Los caminos se cerraron para un equipo que no tenía quién frotara la lámpara en la telaraña de su propia impotencia.

La desazón fue grande cuando nos fuimos de la cancha con el viejo. Que si no les podemos ganar a ocho, once nos golean la fecha que viene. Pero nos equivocamos, como tantas otras veces. A ese equipo, pese a todo aguerrido, le sobraba voluntad y le faltaba un distinto que rompiera la paridad. De diecinueve juegos, empatamos catorce. Ganamos cuatro. Pero sólo perdimos uno. 

por Sebastián Giménez

 

 

 
 


Daniel Leani

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Alberto Acosta

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Rubén Ruiz Díaz

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Mario Ballarino

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Boedo - Buenos Aires - Argentina

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Nota Legal.
Alberto Barja  -  Carlos Carullo

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